lunes, 9 de mayo de 2011

ROMANCE ROJO

Romance. Esa palabra que puede decir todo y a la vez decir nada. Cuántas historias, cuántas imágenes, cuantos personajes y sentimientos no se evocan inmediatamente al ser solamente nombrada. Deseos, sueños, ilusiones, anhelos, todas esas cosas que engloba el concepto de romance y que se puede reducir a una simple palabra, más sencilla pero no por eso menos complicada: amor.

Y es que no otra cosa es el romance sino una historia de amor. ¿Fallida o no?, eso lo decidirá el tiempo. Lo que sí es cierto, es que el romance condimenta y nutre, da alegría y esperanza, hace sentir mariposas en su estómago y hasta el sueño y el apetito quita. Arrastra a todos como un huracán caribeño y nada humano se puede hacer contra él, porque contra el amor sencillamente, nadie puede.

Y a quién le quede alguna duda al respecto puede entonces colocar en video, una y otra vez, lo acaecido ayer en el verde césped del impresionante CTE Cachamay, y observar el desafío futbolístico que por la décima sexta fecha del Torneo Clausura enfrentó al equipo local, Mineros, y el Rojo de la capital, el Caracas FC. Y es que lo vivido ayer comprobó, una vez más, que cuando se vive un romance como el que vive actualmente el Avileño con el fútbol, nada humano, ordinario ni terrestre puede interponerse.

Porque mire que Mineros lo intentó. Y fué, y lo intentó, una y otra vez, cortejando a la magia futbolística por momentos. Prometió de todo, villas y castillos, tepuys y caudalosos ríos, El Dorado mismo se lo puso en bandeja de plata, todo con tal de romper ese romance, esa gran historia de amor, que la victoria, la magia y la inspiración tienen hoy en día con el Caracas FC. Pero que va, es que un idilio de amor como ése no puede ser quebrantado así por así, mucho menos por ningún recién aparecido. El amor es el amor, y el romance es el romance.

Y de eso, a despecho del cuadro guayanés, sí sabe y mucho el Caracas. De amor, de romance futbolístico, de oficio y contundencia, incluso cuando el mundo parece venírsele encima, como por momentos sucedió ayer. Incluso entonces, la tropa de Ceferino se mantiene fiel a su filosofía, a su carácter y a su personalidad, esa que le ha hecho llegar, quién podría dudarlo, al corazón de esa caprichosa amante, tan enamorada de su Rojo, que ni para los lados puede ver ya.

Partido díficil ayer en Cachamay. Un césped alto que no permitía un juego fluido y de velocidad, características fundamentales del ADN Avileño. Al frente, un rival con experiencia, que atacó y que complicó, sobre todo en el primer tiempo, cuando el ambicioso pretendiente pretendió socavar la historia de amor del Rojo con constantes y peligrosas pisadas en el área defendida por Renny Vega.

Pero cuando se vive un romance como el que vive el Rojo con el fútbol, definitivamente no hay nada que hacer. Se hablan el mismo idioma, se rozan tiernamente las manos, se miran furtivamente uno al otro, son cómplices y compañeros. No hay caso. No hay pretendiente que valga. El fútbol está de un solo lado y eso fue exactamente lo que sucedió ayer. Cuando más frágil parecía el Caracas, cuando mas vulnerable se presentaba, apareció de nuevo la historia de amor, la que siempre gana, la que siempre triunfa.

Angelo Peña, uno de los consentidos de esa magia futbolística que de un tiempo para acá se empeña en no soltarle la marca al 10 del Caracas, recoge un balón en la media cancha, avanza parsimonioso y suelta el terrible latigazo al lado derecho del arquero Ponzo. La pelota lleva un destino seguro fuera de los 3 palos defendidos por Ponzo. El cancerbero lo sabe, el público también, por lo cual sólo atina a regalarle la simple vista que este tipo de disparos amerita.


Pero entonces viene el amor con toda su fuerza, con toda su pasión e irreflexión. De algún lado sale un leve soplido, pequeño, inescrutable para el ojo de los mortales, pero suficiente para distorsionar la dirección del esférico. El balón que cambia su trayectoria y enfila velas hacia su nuevo rumbo: las incrédulas redes guayanesas. Por un segundo nadie cree lo que ve: ni el portero minerista, ni defensores ni delanteros, mucho menos el público asistente al careo. Luego de ese segundo impregnado de cierto realismo mágico, de ese tipo de momento donde parece que el mundo se paraliza, se vuelve a la normalidad, a lo usual, la celebración a todas voces de Peña, de los jugadores, de la fiel barra. Ventaja caraquista que no se perdería nunca más hasta el final del partido. Nada que hacer. Con los caprichos del amor no pueden ni siquiera las eternas leyes de la física.


El resto del partido fue puro trámite. Un dolido pretendiente negriazul topándose una y otra vez con la pared de la negativa de la caprichosa amante. No hubo forma ni manera de que ésta sucumbiera. Lo intentó Vallenilla, lo intentó Ricardo David, lo intentó el Champeta y hasta el querido hijo pródigo José Manuel Rey. No hubo caso, el amor, la magia futbolística, por estos tiempos, solo quiere correr de la mano con un solo amante.


Se produjo el pitazo final en Cachamay y la cara del Rojo denota pura felicidad y motivación. Vuelven a casa con tres puntos bajo el brazo, con las aspiraciones intactas para campeonar en éste Clausura 2011 que ya se va, ante su gente y su ciudad. Pero sobre todo, vuelve con ese brillo en los ojos, con ese estado de ánimo que solo puede vivir quien ama y se siente amado, ese que hace que las cosas imposibles de repente no lo sean más. Lo sufrieron en carne propia el Esppor, el Petare, el Anzóategui y ahora le tocó a Mineros. Es el tipo de amor que hace que se le baje la luna y el sistema solar completo a la amante si ella así lo pide.


Porque en definitiva, se trata de los síntomas de un amor correspondido, de un romance futbolístico, de pasión y de entrega. Se trata de un Romance Rojo.








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